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EL FUNCIONARIO
Por fin había terminado de firmar el rimero de documentos que la secretaria le dejó sobre el escritorio. Cierto dolorcillo reumático sintió que lo perturbaba en el metacarpo derecho luego de media hora de estar ejercitando el gancho de la rúbrica. Entonces se arrolló las mangas de la camisa y se aflojó el nudo de la corbata, tirándose extenuado sobre el respaldo del mullido sillón ejecutivo.
En su oficina a prueba de sonidos exteriores, sólo se escuchaba el suave ronroneo del aire acondicionado. El reloj marcaba las veinte horas. Pensó en los glúteos de la nueva licenciada que recientemente había contratado y la forma casi deshonesta cómo ella le había mostrado el calzón al cruzar las piernas bronceadas durante la entrevista. Otra putilla, sonrió.
Frunció el seño al recordar el libelo que andaba circulando en la institución, donde se hacía pública su relación con una de las ejecutivas; pero lo más grave del maldito papel era la mención que hacía sobre los negocios “misteriosos” con “su amigo” aquel diputado señalado como narcotraficante; también hacía alusión el mentado anónimo sobre los supuestos despidos que el funcionario tenía proyectado ejecutar en los próximos días.
Bueno, un libelo es un libelo, trató de reconfortarse, todo mundo sabe -hasta mi mujer- que un anónimo es producto de la bajeza y el resentimiento, pero inmediatamente su doctor Merengue le recordaba que una moneda tiene dos caras y él sólo estaba mirando una. En ese momento tomó la decisión de suspender a su jefe de prensa por no ser capaz de detectar ni detener la circulación de aquel papel tan ofensivo. En el fondo sospechaba que el responsable de la comunicación corporativa estaba involucrado en la factura del anónimo, no tenía pruebas pero ya las obtendría.
La imagen del amigo el diputado narco, le recordó que al salir de la oficina debía pasar por la funeraria ofreciéndole su pésame al ministro aquel que tan mal le caía, por el deceso de su hijo mayor consecuencia de un accidente de tránsito. Y es que el protocolo para él era tan importante como cepillarse los dientes después de cada comida. Además, haciendo conjeturas, a esa hora seguramente coincidiría en la funeraria con el presidente de la república, a quien de corazón deseaba saludar.
Puchó entonces el timbre para que aparecieran los chaneques de la seguridad y él se introdujo al baño para acicalarse. Raro fue que los miembros de su guardia personal no aparecieran inmediatamente con su paso de tlamemes al llamado del jefe, pero más raro fue cuando el funcionario quiso verse en el espejo y su imagen no apareció reflejada en el azogue.
Hace ya varios años que el funcionario murió de un infarto trabajando por la noche en su despacho, pero el pobre todavía no se acostumbra a su nueva condición de difunto. Su alma le pesa mucho, la tiene en pena, errabunda y prisionera en aquel edificio derruido y abandonado donde la gente dice que asustan.
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